Mis queridos hermanos, los dejo con esta historia que sin proponerme, como todo lo que escribo, ha brotado de pronto y he trasladado al reino húmedo de las letras conforme a la voluntad de quien me lo dicta. Que la enseñanza sea pues transmitida y se rompa el sello de Maya.
Con todo el cariño, su amigo
A.A. el Ciervo
Uma era buena, era una santa, la clase de persona que camina entre las llamas sin quemarse. Amaba a todos y por esa razón nunca se entregó a ser carnal alguno: enfocó su deseo y su amor hacia lo divino que es el flujo definitivo del universo y de este modo su amor fluyó también sin reserva por los corazones que tocaba con su pura presencia.
Curaba la locura soplando sobre la frente de los dementes, desvanecía el cáncer y la contaminación de los cuerpos con un roce de su mano, al cerrar los ojos podía entrar en el alma de cualquier materia, personas, perros y plantas, y resanar las heridas sufridas en ella. Era piadosa hasta de la consciencia adormecida de las rocas.
Pero había un recoveco cuyas puertas no podía abrir: el infierno burlaba su gracia y el poder de sus palabras pues la misma Escencia se desligaba de él, y un día, luego de una meditación profunda, lloró con su pequeña hermana, quien la seguía y admiraba, explicándole el motivo de su sufrimiento.
“Este mundo puede aprender a sanarse sin mí, mi querida hermana. Nuestra existencia transitoria no es realmente indispensable aquí, nada hay en esta gran iluminación que me fue otorgada y que brillará pronto en ti que los lentos engranes del tiempo no puedan sustituir en efecto y forma. No hay verdadera urgencia ni sentido para prolongar más mi vida en esta esfera del cosmos.”
Su hermana pequeña no pudo sino dejar escapar también copiosos lamentos y llanto al comprender la verdad encerrada en aquellas palabras, porque amaba la vida y el verdor del mundo, y ver jugar a los niños y cantar a las mujeres cuando lavaban la ropa en el río. Pero al fin sabía que desligarse de aquellas sensaciones era su prueba final de amor hacia algo incluso superior a su hermana y la bondad que su decisión encerraba. Ahogó al fin sus lágrimas y sonriendo la tomó por la muñeca, ofreciéndole la suya también: la gratitud de Uma no pudo sino reflejar la sonrisa de Arjuna y juntas presionaron su vena de vida gemela, deteniéndola al tiempo que se estrechaban en el pecho de la otra para escuchar su último latido antes de ser condenadas por el crimen cometido.
Epílogo: en las entrañas del Tártaro hay gritos que congelan, hay un abismo nadie intenta llenar, donde el hielo perpetuo se alza como llamas torturadoras. Dos sombras se levantan de su sueño, miran con terror la putrefacción del destierro de la mirada divina y por un momento su semblante se oscurece, se llena de miedo. Pero se sujetan de la mano, sacándose las túnicas de polvo que cubren a las almas del infierno. Una luz resplandeciente atrae a las sombras y a los verdugos que viven envueltos en fuego: el propio Rey del Odio se lanza tras ella pues la reconoce con rencor como el mismo Rayo que lo confinó al exilio. Sin inmutarse, las dos hermanas se abren el corazón y el fulgor lo llena todo, paraliza al impotente despojo y a su corte de condenados, Arjuna despedaza la barrera en el vientre y las tres caras del Maldito, quien derrama ya sangre de atrición y se arrodilla, reabriendo así el río de sus chakras, mientras Uma desata el cordel que guarda al libro sagrado.
Habrá un día que la Tierra llore la muerte de Uma y Arjuna, pero el gato y el sabio permanecerán tranquilos, será entonces el renacer del comienzo y la siembra de la última alianza.
Trina en violeta la voz de Uma entre los humos del averno: “Al principio era el verbo…”
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