
Cuando era niño soñaba con otro mundo. Lo veía al cerrar los ojos: un mundo húmedo de selvas y bosques, donde fuentes de esculturas griegas se fundían en agua y musgo. Verde y azul, todo era verde y azul. Un sitio de luna y vapores y el mediterráneo a lo lejos, volando Dédalo en busca de mejores islas de libertad. Y entonces, entre estos sueños, aparece una película de unicornios y narvales, de un demonio toro de fuego y mares fríos y monstruos medievales. Los nombres antiguos traen a mi mente, ya no dormido, despierto, el mundo que sólo en sueños veía. Me entero de su realidad, cae a mí como nube fresca y me envuelve. Lady Amaltea enciende la estrella que guía mi fantasía y hoy, cuando pienso en mi futura hija, cuando veo frente a mi a la Diosa o los ojos de mi amada (que es la mayoría del tiempo) este mundo se derrumba y entro en el otro mundo, en nuestro otro mundo. Y canta Diana con notas de jengibre y mirra.
¡Salve, oh Diosa blanca!
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